REFLEXIÓN FINAL

En este mi último post en relación a mi viaje, no voy a contar como ha sido el festival Sun Sun Love, como era mi idea original. Y no lo hago, porque me resulta increíblemente difícil – por no decir imposible –, poner en palabras todos los momentos vividos, las experiencias transformadoras, las inspiraciones descubiertas. Sinceramente, no encuentro palabras para describirlo, de hecho, me da la impresión de que no existen. Cada uno debería vivirlo y experimentarlo a su forma. Sin duda, la mía ha resultado extraordinaria: cada momento, cada vivencia, cada persona, cada conversación, resultaban como hechas a medida de lo que necesitaba.

Por lo tanto, mi intención es contaros a groso modo, la esencia del aprendizaje que me llevo de esta experiencia maravillosa. Vine para aprender muchas cosas, y en realidad, me he aprendido a mí.

La primera reflexión que quiero hacer, y siento que desde ahí comenzó todo, es desde el cómo viví el choque cultural que supone este país. Desde luego, el concepto de vida occidental al que estamos acostumbrados es diametralmente opuesto. He comido con las manos en platos y vasos relativamente limpios; me he duchado con un cubo y una jarra en baños compartidos con unos cuantos amigos bichos; he caminado descalzo por calles y montañas llenas de basura, escombros, y excrementos de animales; he degustado cocos, bananas y papayas exquisitas tirados en el suelo, comprados en puestos al lado de la carretera que, sin la menor duda, no pasarían los controles de higiene y calidad europeos; he convivido con el caos de calles abarrotadas por vehículos, transeúntes y animales, sin orden ni normas aparentes y sin autoridad vigilante. Y con todo esto, no he padecido ninguna infección, ni he sufrido ningún hongo en los pies, ni presenciado ningún choque ni accidente o discusión ciudadana. Y me pregunto: teniendo en cuenta la felicidad, seguridad, respeto y bondad que irradian estas gentes, ¿de verdad hace falta tanto como tenemos en occidente?

Sobre todo, me lo pregunto viendo a los niños y lo poco que les hace falta para mostrar alegría y satisfacción. Sin querer comparo con la facilidad que se aburren mis hijos y su demanda de estímulos. Es increíble la pasión con la que – a veces, decenas de niños – se acercan con la simple intención de preguntarte el nombre, decirte alguna cosa en inglés para hacerse entender y sonreírte. Un día, durante uno de mis paseos solo por la montaña, me paré cerca de una ermita a meditar, y se acercó un niño de unos 10 años. No hablaba inglés pero en su afán de comunicarse conmigo nos conseguimos entender en algunas cosas: me preguntó el nombre y me dijo el suyo – me pareció entenderle que se llamaba Ramana, que bonita casualidad –, me pidió que le hiciera algunas fotos, y se quedó sentado a mi lado cerca de una hora. Cuando me levanté para volver al ashram, me acompañó durante el descenso hasta llegar al poblado, me despidió con un “namaste” y se fue corriendo con sus pies descalzos.

Gurdjieff dijo: “coge el entendimiento de Oriente y el conocimiento de Occidente y después, busca”. Como tantas otras cosas, he comprendido esta frase en las últimas semanas. Yo buscaba – como casi todo el mundo en nuestra cultura – el saber en los libros, en los maestros, siempre hacia afuera. Y conocía muchas cosas. En occidente, tenemos muchísima información, reina “el método científico”, pero no entendemos nada. La sabiduría está dentro de nosotros, no podemos buscarla fuera porque jamás la encontraremos.

Desde que llegué a la India, he dejado de leer, he aprendido a escuchar y a entender. Por encima de todo, a escucharme y a entenderme a mí mismo. Y he encontrado mi sabiduría, mi Verdad. Ahora es el momento de buscar, antes estaba perdido. Y mi Verdad no para de salir a borbotones: con cada momento de inspiración, con cada palabra de un montón de maestros improvisados e imprevisibles, más la encuentro. Y estoy como loco por tratar de transmitirla a quién quiera escucharla. Necesitaré algo de tiempo para poner todo en orden, pero estoy seguro que es lo que me apasiona y lo que quiero hacer.

La India me he servido para notarme nuevo, transformado. He hecho mío un mantra que repito y con el que medito a diario: SA – TA – NA – MA, que significa “vida – muerte – infinito – renacer”, aquel que ha vivido, muerto, se ha fundido con lo étereo y ha renacido.

He estudiado todo lo que tenía que conocer, y he aprendido a romper con todo lo asimilado matando creencias y limitaciones mentales. He sentido la fuerza que nos impulsa desde dentro y que nos conecta con todo alrededor, y me siento transformado y orientado a mi camino.

 

NAMASTE

David Carnicero

3 de enero de 2019
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